Retomando la secuencia lógica iniciada en el artículo anterior, aquí vamos a discutir el cómo integrar al ambiente en cualquier estrategia de responsabilidad social que se desarrolle en el país, de forma sistémica, respondiendo a esa interconectividad/interrelación de procesos, pero también de forma genérica, es decir sin promover ningún tipo específico de certificación, pues este será el tema final de esta serie de tres artículos.

El primer gran reto que enfrentamos aquí, más que semántico es epistemológico, pues responsabilidad social puede significar diferentes cosas para diferentes personas, en diferentes culturas y/o grados de conciencia; de ahí se derivan enfoques biocéntricos (centrados en la biosfera) y/o antropocéntricos (centrados en el ser humano).
Debido a limitaciones de tiempo y espacio, vamos a considerar una acción de responsabilidad social como amigable con el ambiente, si está más allá que el simple cumplimiento de la ley costarricense, la provisión privada de bienes públicos o la internalización voluntaria de lo que la lógica económica neo-clásica llama “externalidades ambientales”.
Respondiendo a los retos socio-ambientales
Ciertamente cualquier proceso de responsabilidad social en que una organización se embarque, debe responder antes que nada a los grandes retos socio-ambientales, a lo interno y en su propia localidad.
Sin embargo, esto no quiere decir que la empresa no pueda asumir también, o además, su responsabilidad en los grandes retos ambientales que enfrentamos como sociedad planetaria. Por ejemplo: a nivel local, la reducción de la huella hídrica, y/o la medición y/o posterior reducción de los gases de efecto invernadero; que debido al cambio climático tiene un mayor efecto global, y precisamente en comunidades vulnerables, con poca capacidad de adaptación, lo que genera una mayor injusticia ambiental.
En el caso específico de nuestro país, cualquier estrategia de responsabilidad social debería considerar como gran marco de referencia el Plan Nacional de Desarrollo (actualmente en elaboración), y en términos de objetivos ambientales la Estrategia Nacional de Cambio Climático y su plan de acción.

Óptima estrategia de RS
Considerando todo lo anterior, y a manera de ejemplo, podríamos decir que una buena estrategia de responsabilidad social que considera el ambiente de forma sistémica, y según el plan país, debería primero medir el aporte individual de la organización a los gases de efecto invernadero, y que esta estadística sea agregada a la estadística nacional de ese clúster productivo; y de ahí a la huella país, que a su vez se agrega a la huella global.
Esta métrica nos permitiría reaccionar de forma consecuente con proyectos de escala nacional, sectores productivos e incluso comunitarios, familiares e individuales; asumiendo así a escala nacional la responsabilidad compartida de cada uno.
Erick Brenes Mata Doctorando en Sostenibilidad & Alternativas al Desarrollo de la Universita della Calabria
